martes, 26 de enero de 2016

ORACIÓN PARA BENDECIR EL AÑO 2016


Me anticipo a darte gracias por las bendiciones que me esperan a lo largo de este nuevo año.

Proclamo a Jesús como la piedra fundamental que me hace permanecer en mi propósito, bajo protección, salud, prosperidad y sabiduría.

Te pido una nueva unción que me ayude a enfrentar los nuevos desafíos, metas y actividad que deba realizar.

Renuncio a estancarme en el pasado, a quedarme atado a recuerdos, heridas y malas experiencias. Abro mi mente y corazón para ser renovado en todo mí ser.

Abre mis ojos para que pueda ver todo lo que me detiene, y para permanecer alerta a toda trampa del enemigo.

Proclamo que en tu sabiduría seré guiado en tomar decisiones correctas.

Te pido que cada día, hora y minuto de este año quede rociado por la preciosa sangre de Cristo, que me quita la culpa y me limpia de todo pecado.

Padre amado, en el nombre de Jesús, te pido ángeles protectores que me cuiden y ayuden a mí, y a toda mi familia.

Corto de mi ser la iniquidad, la maldición, las malas costumbres, y todo patrón negativo que se repita sobre mi en el nombre de Jesús.

Declaro que 2016 será:

“Año de hallazgos maravillosos, ideas revolucionarias, emprendimientos prósperos y pujantes, año de un gran salto. De sanidad familiar y financiera, año de hallar por gracia una puerta para la que fui preparado desde hace mucho tiempo”.
“Año de restaurar tiempos perdidos, de recuperarme de malas decisiones y de aparición de nuevas oportunidades”.
“Año de establecer conexión con personas que me abrirán puertas sin precedentes”.
“Año de ver cumplidas pequeñas y grandes metas que estuvieron pendientes por muchos años”.
“Año de ser renovado para ser un canal de bendición para todos”.
“Todo lo dicho hasta aquí, lo pido, creo y declaro en el nombre de Jesús. Amen”.

NACIDOS PARA GANAR


Si usted es un fanático del deporte y su equipo gana el Súper Tazón, o si su piloto favorito gana la Indy 500, se emociona. Se alegra y celebra como si como si esa victoria hubiera cambiado su vida de una manera significativa. Pero en realidad, ese triunfo no cambia en nada su vida. Y es muy probable que después de 24 horas se haya olvidado de la victoria de su equipo. Y la razón es que por mucho que disfrute de esa victoria, no es tan importante comparada con las demás cosas de su vida. Esas victorias no depositarán ninguna cantidad de dinero en su cuenta bancaria, no sanarán su cuerpo, y mucho menos le darán tranquilidad.


Sin embargo, existe otro tipo de victoria que puede cambiar su vida por completo. Ésta le da la solución a cada problema. Le da poder para conquistar cada desafío y vencer cualquier circunstancia negativa. Y no está disponible sólo para un grupo de atletas talentosos. Sino le pertenece a todo hijo de Dios que ha nacido de nuevo y que se atreva a creer y actuar conforme a Su Palabra: «Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1 Juan 5:4).


Como cristianos, debería emocionarnos más vivir por fe que cualquier triunfo deportivo a nivel mundial. Deberíamos sentirnos mucho más impresionados  por la Palabra de Dios, pues ella nos convierte en ganadores —y no sólo al momento de terminar un partido, sino todo el tiempo y en cualquier área de nuestra vida—. Me he dado cuenta que para algunas personas esto les parece algo irreal. Creen que una pequeña derrota es inevitable, y por eso tenemos que conformarnos con perder de vez en cuando.


Ellos pueden aceptar esas derrotas si así lo desean, sin embargo, yo nunca me sentiré bien si pierdo. Yo disfruto la victoria y no me gusta perder de ninguna forma. Es más, no creo que tenga que soportarla, pues soy nacida de Dios y Él jamás será derrotado —por nada ni por nadie—.

¿Ha escuchado alguna vez algo acerca de las personas que nacieron para perder? Bueno, en lo que a mí concierne, ¡yo nací de nuevo para triunfar! Y si acepta a Jesús como el Señor de su vida, esa verdad también es para usted.



Espiritualmente hablando, usted ha nacido de nuevo con el victorioso ADN del Dios todopoderoso. Él es su Padre celestial. Usted ha sido recreado a Su imagen.



Medite en ello. Pues eso quiere decir que en su interior se encuentra la vida de Dios. Usted no tiene por qué estar derrotado. No tiene ningún motivo para andar deprimido y con la cabeza abajo, diciendo: “¡Hay pobre de mí, miserable, pequeño y viejo”. Ahora bien, si eso es lo que ha estado diciendo, deténgase y empiece a pensar en quién es usted en realidad. Levante su cabeza y empiece a caminar como un hijo o una hija del Rey. Si su padre terrenal fuera un rey, ¿acaso no actuaría como alguien que ejerce influencia?


¡De seguro lo haría! Y no existe ningún rey en ningún lugar que se compare a su Padre espiritual. Él es el más grande de todos. Además, Dios le ha dado a usted, por ser Su hijo, la autoridad para ejercer autoridad sobre cualquier cosa demoniaca en el sistema de este mundo. Eso signif ica que puede triunfar sobre toda maldad, odio, enfermedad, necesidad y destrucción que haya venido a esta Tierra, a través de la maldición.

Puede estar atravesando peligros, tormentas y situaciones amenazantes; y aun así, librarse de éstas sin sufrir ningún daño. De la misma forma que Dios mismo pudo caminar en medio de la peor parte del mundo sin ser perjudicado, usted también lo puede hacer. ¡Pues usted es Su descendencia!


¿Demasiado lejos?   O ¿Sólo fe de la Biblia? Alguien podría decir: “Hermana Gloria, de seguro usted no está diciendo que podemos vivir como Dios. ¡Eso se encuentra demasiado lejos de nuestro alcance!”. No, no lo está. Pues en nuestra vida debe cumplirse lo que nos enseña en Salmos 91:7: «Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará». Esto es simplemente una victoria de la Biblia.

Cada creyente tiene acceso a esta clase de victoria. El problema, es que no todos la aprovechan. Leamos una vez más 1 Juan 5:4, y podrá ver el por qué: «…y esta es la victoria que ha vencido al mundo…» la cual es activada por: «…nuestra fe…». ¿Qué es exactamente fe? En realidad, es algo muy simple.


Fe es creer lo que Dios dice y actuar conforme a eso. Tristemente, muchos cristianos sienten temor de no poder hacerlo. Piensan que no tienen fe. Sin embargo, en Romanos 12:3 se nos enseña: «… conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno». No es fe de segunda clase, ni tampoco de una calidad inferior. Es la misma fe que tiene nuestro Padre, pues proviene directamente de Él. Así como Jesús lo mencionó: «…tened fe en Dios» (Marcos 11:22), o tener el mismo tipo de fe que Dios posee.



Por esa razón, no tendríamos que andar diciendo que es muy difícil creer en las promesas de Dios. Al contrario, ¡deberíamos estar confesando lo opuesto a eso! En lugar de estar quejándonos porque poseemos una fe débil y pequeña, deberíamos estar gritando: “¡Tengo la clase de fe de Dios! La misma fe que Dios posee y ha depositado en mi interior. La misma fe que creó el universo fue puesta en mi corazón cuando nací de nuevo”.



Por supuesto que necesitamos nutrir esa fe con la Palabra, si deseamos obrar en ella de forma efectiva. De lo contrario, obtendremos la misma fe que tiene el mundo, y la autoridad que se nos ha dado la usaremos en nuestra contra. En lugar de estar creyendo en las promesas de Dios, creeremos las mentiras del diablo. Y en vez de movernos hacia el frente para obtener la victoria quedaremos atrapados en la derrota.



Kenneth y yo sabemos esto porque lo hemos experimentado. Después de transcurridos cinco años de haber nacido de nuevo, seguíamos viviendo como prisioneros de la deuda, de la pobreza, de la enfermedad y del fracaso. Pues no teníamos ni idea de cómo vivir en la victoria que nos pertenece en Cristo. Luego, descubrimos lo que la Palabra enseña y nuestra vida empezó a cambiar. Comenzamos a pensar, a declarar y a vivir como los vencedores que Dios nos creó. Por supuesto, al principio había muchas cosas que no entendíamos. Por ejemplo, no sabíamos que debíamos incrementar nuestra fe y tomar las cosas paso a paso. Decidimos que teníamos que comprar una casa nueva de inmediato —y pagarla en efectivo—.



No importando las circunstancias, seguíamos conf iando en que Dios pagaría las deudas que habíamos adquirido años atrás . No nos enfocábamos en las deudas que teníamos, incluso cuando las personas a las que les debíamos nos amenazaban con demandarnos. Luego, fuimos en busca de la casa. Cuando el vendedor nos preguntó cómo planeábamos pagar la casa, Kenneth le contestó: “Nuestro Padre se encargará de eso”.



Quizá usted ya lo adivinó, no obtuvimos la casa ese año. Aun no habíamos desarrollado la fe de: “pagar-en-efectivopor-una-nueva-casa”. Pero sí habíamos desarrollado la fe de: “pagar-nuestrasfacturas” y antes de que el año terminara, nos encontrábamos libres de deudas Varios años después, obtuvimos nuestra casa nueva, y fue porque permanecimos creyendo en la Palabra, y nuestra fe se mantuvo fortalecida. Después de unos cuantos años, obtuvimos otra casa. Hoy en día, vivimos en la casa de nuestros sueños y debido a que la obtuvimos por fe ni siquiera debemos cinco centavos. Y la adquirimos en una época en donde las ejecuciones hipotecarias abundaban, y multitudes de personas que aun debían sus casas estaban en problemas, a eso yo le llamo ¡victoria!


Fe en dos lugares

Cualquier persona puede obtener la misma victoria que Kenneth y yo experimentamos. Pues ésta se encuentra disponible para: «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo…» (1 Juan 5:1). Eso quiere decir, que si usted es un hijo de Dios, esa victoria le pertenece. Sin embargo, lo que haga con ella, dependerá de usted. Es su decisión vivir por fe o en incredulidad?


Si su decisión es vivir por fe, tendrá que hacer algo; pues ésa es la manera en que cualquier persona obtiene lo que desea. Todos los que decidimos ser “personas de fe” debemos esforzarnos para arrancar la incredulidad, los errores y las mentiras que el diablo ha sembrado en nuestra mente. Tenemos que alimentarnos de la Palabra e invertir tiempo en comunión con el Señor y en oración para mantener nuestra fe fortalecida.


También debemos prestar atención a lo que decimos. Es necesario asegurarnos que nuestras palabras estén alineadas con la Palabra de Dios, ya que como la Biblia enseña, para que la fe obre en nuestra vida, debe estar en dos lugares: «…en tu boca y en tu corazón. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación» (Romanos 10:8,10).

Contrario a la creencia popular, esos versículos no sólo se refieren al nuevo nacimiento. También se aplican a cada aspecto de la salvación, y ésta es una palabra que se define en su original griego como: “Firmeza en el espíritu, alma y cuerpo; liberación material y temporal del peligro y temor, perdón, protección, libertad, salud, restauración e integridad”.

La palabra  confesión, de acuerdo con la versión The Amplified Bible, significa: “Declarar y hablar abiertamente con libertad su fe”. Eso significa que si deseamos vivir en una total victoria, esto es lo que debemos hacer en cada área de nuestra vida: Creer en nuestro corazón lo que Dios declara, y confesar nuestra fe con nuestra boca. ¡Nuestras pa labras confirman nuestra victoria! Por esa razón, no debe esperar hasta que todos los síntomas de la enfermedad desaparezcan para decir: “¡Soy sano!”. No puede esperar hasta que todas sus deudas estén pagadas para declarar: “¡Ya no tengo más deudas!”. Si usted desea hacer una confesión de fe para salvación debe realizar firmes confesiones de fe, incluso antes de que usted vea cualquier evidencia de victoria sobre sus circunstancias.



No me refiero a que debe confesarles esas declaraciones a otras personas, especialmente si ellas no comprenden los principios de la fe. Usted no tiene que echar las perlas delante de los cerdos. Pero sí tiene que cambiar sus palabras, poniéndose de acuerdo con lo que desea que suceda.

No es posible hablar de enfermedad y recibir sanidad. No se puede declarar pobreza, y prosperar de manera sobrenatural. Es necesario que confiese palabras de fe con su boca —aunque sólo se las esté diciendo a usted mismo—y no palabras de incredulidad.



El trabajo que hace todo lo demás más fácil. Quizá alguien diga: “¡Todo esto de creer y confesar suena muy difícil! Pensé que nos había dicho que la fe era algo simple”. Sí es simple. Sin embargo, no es fácil. En Hebreos 4:11 se nos enseña que nosotros “procuremos” entrar en el “reposo” de Dios. La fe hace que todo lo demás sea más fácil. Lo he comprobado en el transcurso de los años. Antes de que me esforzara en aprender acerca de la Palabra de Dios y Sus caminos, llevaba una vida muy difícil. Me encontraba atrapada en un círculo de derrota, y esto se debía a que mis pensamientos habían sido distorsionados por el mundo y las experiencias que había vivido.



De niña, nunca recibí una capacitación espiritual. No era muy buena asistiendo con regularidad a la iglesia. (¡En realidad traté de hacerlo! Una de mis amigas de la infancia, asistía a una iglesia Metodista. Yo deseaba ser como ella, y decidí seguir su ejemplo y pensé:  Asistiré a la iglesia todos los domingos. Sin embargo, esto sucedió sólo dos semanas) nunca escuché lo suficiente acerca de la Biblia ni me esforcé en estudiar la Palabra.Como resultado, experimenté un tipo de esfuerzo diferente. Me esforcé para trabajar bajo la presión de no poder pagar mis facturas; bajo la contienda y la preocupación.



Quizá usted piense que obrar en fe es muy difícil, sin embargo, puedo asegurarle que es más fácil que vivir en derrota. ¡A mí no me gusta ser derrotada! No me gusta estar triste, deprimida y sin esperanza. Prefiero hacer un esfuerzo para incrementar mi fe cada día de mi vida, que estar derrotada las 24 horas del día. Y fue así como decidí mucho tiempo atrás, esforzarme para vivir por fe. Decidí invertir más tiempo en la Palabra de Dios, y ser diligente en mantener mi corazón y mi boca llenos de fe.



En lo personal, no estoy preocupada por el tipo de esfuerzo que deba hacer. Para mí, es algo placentero estudiar las verdades de la Biblia. Es maravilloso meditar en lo que Jesús hizo por nosotros en la Cruz. Es un gozo pensar en el hecho de que Jesús nos ama, y nos ha redimido de la maldición de la enfermedad y la pobreza, que nuestros hijos son bendecidos y no están bajo la maldición, que Dios nos provee lo mejor de todo, pues nacimos de Él; y porque somos hijos e hijas del Rey. He pasado más de 45 años estudiando y viviendo conforme a esas verdades. Y mientras más aprendo acerca de ellas, más victoria puedo disfrutar. Permaneceré en este programa porque me gusta vivir por fe, tener autoridad sobre el diablo, saber que no tengo que temerle a nada malo en este mundo.



¡Estoy segura que a usted también le gustaría! Entonces si usted todavía no se encuentra viviendo en esa clase de victoria, empiece hoy. Proponga en su mente y en su corazón, seguir las simples instrucciones que Dios nos indicó en Josué 1:8: «Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien».


¡Usted puede lograrlo! Puede vivir por fe y vivir como el vencedor que Dios creó. Pero debe tomar la decisión de hacerlo. Dios no forzará a ninguno de nosotros para que la tome. No nos obligará a creer y confesar Su Palabra.

Sin embargo, si lo hacemos, el SEÑOR se encargará de que venzamos al mundo y a las tinieblas que hay en éste. Él mantendrá las promesas que nos ha dado y tendremos lo que todas las personas por todas partes han deseado tener: ¡La victoria que vence al mundo todos los días de nuestra vida!

Gloria Copeland / La Voz de la Victoria del Creyente / Diciembre 2012